domingo, 21 de agosto de 2016

Existencia contrafáctica



La historia contrafáctica está de moda. También está de moda la existencia contrafáctica. La primera propone una reconstrucción histórica a partir de imaginar qué hubiera pasado si tal hecho histórico hubiera sucedido de otra manera. La segunda es un desprendimiento informal de la filosofía, practicada por aquellas personas que durante las horas de insomnio imaginan qué vida tendrían si algún episodio de su existencia hubiera transcurrido de diferente manera. Los más obsesivos llevan la existencia contrafáctica a extremos sorprendentes, imaginando qué hubiera pasado si el día en que murió el abuelo hubieran decidido colocarse las medias rojas en lugar de las azules. En general, esta disciplina se ejercita en relación a hechos algo más relevantes y ante el inconformismo de un presente poco prometedor. Si el que practica esta filosofía es desdichado, la misma puede resultar un triste consuelo. Si aquella persona, por el contrario, es afortunada, tal ejercicio no tiene ningún sentido.

La historia contrafáctica, por su parte, jamás tiene sentido. Sólo cabe pensarse que el historiador que se propone componer algo tan ridículo, entendió que en realidad la historia no es más que un modo posterior e impreciso de la literatura, y como no quiere dejar de ser llamado historiador por miedo a perder el empaque de seriedad y cientificidad, incurre en esta tímida forma de dar vuelo a su imaginación. Encuentro en esta nueva corriente de hacer historia un tibio deseo de justificar o rechazar el curso efectivo de los acontecimientos. A partir de un supuesto método riguroso, el historiador arrepentido de su condición encubre la fantasía tendenciosa que entreteje. Fantasía que, a menos que se descubra como verdadera literatura, dificíl resulta encontrarle algún valor.

Ante todo, hay que entender que detrás de la historia contrafáctica y de la existencia contrafáctica hay un grado insano de frustración y, por sobre todo, de negatividad.   

Como no quiero caer en el mal juego de criticar sin proponer, seré propositivo con respecto a esto. Propongo que aquellos historiadores cansados de la investigación y con ganas de imaginar otros mundos salgan de la ucronía y piensen en la utopía. De esta manera, dejarán de preguntarse “¿qué hubiera pasado si…?” y pasarán a cuestionarse “¿Qué pasará si hoy…?”. Este pequeño paso significaría un cambio radical porque aquellos historiadores descubrirán el valor del compromiso frente a la mera contemplación, pasarán de la negación a la propuesta y del encubrimiento al descubrimiento.

Por otra parte, a quienes sean usuarios de la existencia contrafáctica, puede resultarles un poco más positivo dedicar las horas de insomnio no ya a imaginar cambios en el pasado sino a pensar en los cambios de mañana a partir de modificaciones en el presente. Este giro obliga a uno a revisar las propias prácticas cotidianas de existencia y provoca un compromiso con el día a día. Si sos un desdichado, dejarás de consolarte con imaginar una existencia pasada imposible y pasarás a reanimarte pensando en una existencia futura menos imposible y más producible. Pueden probarlo, a mi me resultó. 

miércoles, 17 de agosto de 2016

Crónicas de un verano bizarro. Episodio VI



Entretanto... en Chamacos
A los cinco días de estar durmiendo en los entrepisos de madera de Chamacos, Rosa, una feriante de Santa Teresita quiso sumarse a nuestra contractura. No tenía lugar para dormir aparte del auto y no podía pagar un alquiler turístico, obvio. No la conocíamos pero no podíamos negarle la hopitalidad de un lugar a cincuenta pesos el día.

Mirá que no hay una mierda, ni luz, ni agua caliente (la fría anda con poca presión) y tampoco tenemos gas. Le advertí con sinceridad. No importa querido, ¿sabés los lugares en los que he vivido? No, no tengo idea y tampoco quiero saberlo, Rosa. Solamente quiero un techo y un lugar para trabajar tranquila. ¡No se diga más, bienvenida entonces!

Rosa hace unos duendes que me dan miedo. Que dan miedo. En la feria hay mínimo cuatro artesanos que hacen duendes y en mi puta vida he visto un duende en ningún lado. ¿Quién mierda compra estos duendes, Rosa? Mucha gente, querido, hay gente que ama los duendes, se vuelve loca cuando ve los míos, que son los mejores. Es verdad, los suyos estaban zarpados. Pero no podía creer que hubiera gente que amaran esos mostruitos, sospeché que debería tratase de una extraña parafilia. 

Y decime Rosa, detrás de todo eso de los duendes hay algo raro, ¿no? ¿Raro cómo? Raro, Rosa, no sé, vos les metés algún gualicho de esos medios misteriosos ¿no?, te pregunto en serio, decime la verdad. Dale, sos un boludo pibe, me dice confianzuda. Yo los hago porque me gusta hacerlos, porque me gusta trabajar con los diferentes materiales, porque para mí es un oficio. Así me explicaba mientras yo la miraba con desconfianza.

Y no era para menos. 

Ahí donde alquilábamos también guardaban todas sus cosas los artesanos de la feria, por lo que la entrada de Chamacos estaba llena de bártulos oscuros, carritos y cajas. Entre todas esas cosas había un duende que tenía mi altura y hasta mi peso, era gigante, con la barba bien tupida, la mirada reconcentrada sobre unos pómulos puntiagudos y bajo unas cejas exageradas. Rosa casi nunca llevaba aquel duendón a la feria porque era demasiado grande y no lo tenía a la venta. 

Durante los casi dos meses que estuve en aquel lugar, siempre que entraba de noche lo primero que me aparecía era eso. Aquello. Un duende gigante tirado en la oscuridad, que miraba la negrura sin pestañear. No podía evitar las ideas perturabdoras que pensamos todos cuando vemos algo sospechoso en la oscuridad. Sucede que en general, nos percatamos luego de que todo es una fantasía, y que eso que vimos no es más que una sombra, un gato o el viento. En este caso el consuelo era imposible, tenía que avanzar hacia el duende, pasar por sus narices, mientras él permanecía sonriendo como faltándome el respeto, en su pose tan relajadamente sospechosa, mirándome con sus ojitos inofensivamente perversos. Tan pero tan siniestro.

El amor en Disneylandia
Mi turno en Crazy terminaba a las seis, un par de horas más y la noche se venía encima, en casa no podía estar si no quería gastarme el sueldo en velas. Por ese motivo me pegaba una ducha rápida, me ponía ropa sin olor a papas fritas y después de una siestita en la cama paraguaya me iba para la feria de la costanera. En la feria trabajaban Ludmila, Mario, Leandro (un amigo que toca la guitarra) y Rosa. No iba sólo a charlar y tomar mates con la gente, además atendía el puesto de Mario y Lean mientras ellos tocaban el chelo y la guitarra como Dúo Bustos Raboni (ahora es un trío) en medio de la feria y a la gorra.

Seguro deben pensar que uh, qué piola trabajar en una feria de la costa, qué copado, qué buena onda. Bueno, vengo a comunicarles que nada que ver. Alta mala onda.

No tienen idea toda la basura que se tiran entre todos. Yo lo podía ver un poco de afuera porque iba de un puesto a otro, escuchando y sacando charla. Fabio (el mismo que me dió empleo en aquellas Noches de vigilia) opina con muchos fundamentos que Eduardo es un puto sometido por las dos artesanas conchudas que tiene al lado, además piensa que Rosa es una boludita egocéntrica. Mario no se banca a Florencia. Florencia es una alchólica que mandó a cagar a Gonzalo, la pareja de Ludmila, así de la nada, mientras yo charlaba tranquilamente con él. Rosa está del orto con la mitad de la feria porque el año pasado hubo un problema con las llaves del depósito. Ludmila odiaba a Rosa porque según ella, la miraba mal cuando pasaba. Todo así de divertido. 

Sin duda, lo mejor de la feria y lo más hermoso del día, era cuando Mario y Lean se ponían a tocar. Mi alma descansaba del ruido de la peatonal y de esa cumbia retro colombiana que pasaban las ocho horas en la cocina. Esa música aberrante e insoportable que habla del no te vayas nunca más, sos mía, no te quiero ver al lado de otro, mi vida sin ti es nada, me tienen envidia, mala por tu engaño, etcétera, etcétera. Esa música que conocía, pero nunca había tenido el placer de analizar tan en detalle. Todos los temas eran iguales. Todos. Una música que sin mucho esfuerzo descubre ese amor bien macho (y bien mujer, en consecuencia) tan posesivo. Hasta llegar a extremos realmente impensados y violentos, como el tema que trataba de un tipo que había matado a su mujer y le cantaba al abogado con voz de Cacho Castaña que no había sido su culpa, que ella lo había engañado y que el día del asesinato había tomado. Les juro que en la radio de la costa suenan temas como ese.

El caso es que yo me preguntaba, mientras rebozaba las milanesas o cortaba rabas y escuchaba esa música, cómo es que las mujeres y los hombres no entienden que nadie es nada, que nadie es una cosa, que nadie puede tener a nadie. Que el amor no es tener.  Digo entender esa idea porque sentirla es mucho más difícil, lo sé. Pero podríamos empezar por evitar componer temas tan de mierda.

¡Ah! Seguro que las personas no escucharon a Mario y a Lean, porque yo siento que amor es escuchar el punteo de una guitarra o el vibrato de un chelo y pensar en nada, o pensar en todo. Da igual. Y sentir eso lindo que te acaricia el cerebro, que le da besitos y lo invita a revolcarse en un colchón de música.  

Amor es sentir la belleza que, como ya dijo alguien, será la única que salvará al mundo.

Lo otro, lo otro es Disneylandia. 

jueves, 11 de agosto de 2016

Lo que aprendí en un balcón


Dibujo que hice para una maleza salida del corazón y la memoria de Martín, mi gran amigo. La cosa empieza así:

Es 21 de diciembre del 2000 y estoy nervioso. Tengo 16 años y desde hace nueve espero una noche como ésta. No es la fiesta de egresados de mi hermana Gaby lo que me tiene así, si no lo que va a pasar en esa fiesta: estará, invitada por mí, la chica más linda de todos los barrios.
No tengo chances con ella: está de novia y no le gusto. El deseo es verla, por una vez, fuera del colegio. Charlar cinco minutos con ella. Sólo eso. Yo no lo sé, pero al final de la noche me llevaré una grandísima sorpresa...

El texto continúa acá (no dejes de leerlo)--> Lo que aprendí en un balcón 

viernes, 5 de agosto de 2016

Crónicas de un verano bizarro. Episodio V


Maleza obsequiada por Sergio, el caricaturista de la feria, el porro es maleza de photoshop.


El ojo de Sauron 
Oscuridad.
En la negrura se aspira una luz de fuego y por unos segundos se refleja en los azulejos blancos. Desaparece.
Oscuridad.
La luz se refleja ahora en mis ojos. Ilumina de rojo mi cuerpo sentado en el inodoro. Ilumina mis manos que sostienen medio faso.  
La penumbra se va colmando de humo.
La ovalada luz de fuego que amaga intermitente del extremo del porro se transforma en el ojo de Sauron que resplandece sobre Barad-dûr. Mis ojos contemplan el resplandor con el espanto y la fascinación de la mirada de Frodo. Por un instante, me imagino el poder oscuro de Mordor.
Estoy fumando droga por primera vez a los veintitrés años y no me da vergüenza confesarlo.
Estoy fumando marihuana solo en un baño a oscuras, mientras me pregunto cómo es que llegué a esta situación, cómo mi vida de férrea moral cristiana se ha desviado a este estado de ridículo libertinaje.
Para llegar a la respuesta es necesario volver el tiempo algunas semanas atrás, allá donde había quedado esta historia.

La cofradía Crazy
Son las nueve y media del domingo diez de enero. La irritante alarma de mi nokia infopobre hace el intento de despertarme. El gusto a perro que siento cuando me acuerdo de tragar saliva completa la intención de la alarma y finalmente me despierto contracturado por el entrepiso de madera que oficia de colchón.
En media hora, exactamente a las diez, tengo que estar en la cocina de Crazy, el local de comidas en el que me hicieron pelar más de sesenta kilos de papas el día anterior. Me cepillo los dientes con ganas de sacarme el cansancio y el gusto a perro, y escupo el dentífrico con ganas de escupir toda la mugre que tengo de las ocho horas de haber trabajado en Mc Pancho la noche anterior. No hay tiempo ni ganas de un baño con agua fría a esta hora. 
A las diez en punto me cruzo en frente, donde está el local Crazy y su cocina. Ahí me esperan Gastón, el encargado, Alfredito que se ocupa de cortar rabas y ayudar a Cristian, el que maneja la plancha, y Jorgito que se ocupa de meter la pizza y manejar la freidora de rabas. 
Como no podía ser de otra manera mi trabajo es pelar papas, limpiar el piso y ayudar a los que ayudan.
Contra lo que se podría pensar, estar en la escala más baja en la jerarquía de la cocina me hace trabajar con la conciencia tranquila: es obvio que no puedo forrear a nadie. Eso hace mi trabajo un poco más honrado.   
¡Hola Gastón!, ¡hola Alfredito!, les digo. ¡Hola Leandro!, ayudá a sacar las mesas y las sombrillas a la vereda y después pasás a la cocina, ¿dale? Sí, joya. 
En el código de todo laburo informal en relación de dependencia la paja no existe. 
Pero trabajar en la cocina me gustaba. Es un laburo cooperativo: no importa quién hace qué cosa, lo importante es que se haga. Por ejemplo, si Alfredito está cortando rabas y tiene que ir a lavar platos porque se le llenó la bacha, yo me pongo a cortar rabas y cuando vuelve sigo con lo mío. Lo importante es cubrir los huecos, al igual que un equipo de vóley. 
Por otra parte, el trabajo en la cocina es absolutamente mecánico, podía pelar papas mientras pensaba en otra cosa. Y, además, no tenía que fingir amabilidad ni acordarme el precio de nada.   
Ese día, domingo, se trabajó un poco menos que el sábado. Hasta corté queso un buen rato y me encargué de la bacha. Casi todo el trabajo era preparar las cosas para la noche, que era el momento en que más gente caía al local. 
Entre comandas, jodas, rabas, papas, milanesas, pizzas, queso, hamburguesas, me sentía cómodo. Los pibes eran una masa. Jorgito me preguntaba en joda si había probado la empanada de chorizo y Alfredito me contaba seriamente que dentro de unos años se quería hacer budista. Durante el año trabajaban de ayudantes de albañil o de lo que venga. En la cocina nos pagaban 25 pesos la hora, en albañilería a veces les pagaban menos, ¡era o volverse buda o chorro, una de dos! Yo lo admiraba, porque paciencia para buda no tengo. Me salva que durante el año tengo la comida que les saco a mis viejos y un laburo con obra social.  
A las seis me largaron y ni se me ocurrió volver a Mc Pancho, ya estaba decidido, me quedaría trabajando en Crazy.

El manjar de una tribu desconfiada
Una tarde en la cocina, mientras acomodaba las asaderas con prepizzas sobre la mesa, Jorgito me preguntó si fumaba porro. Nunca había fumado en la vida, pero por condescendencia o por fiaca de dar explicaciones, le dije que a veces lo hacía. Claro, no pensé que tenía en mente regalarme uno. En cuanto me lo ofreció no tenía argumentos para rechazarlo.
En ese momento era como un explorador en medio de una tribu desconfiada que lo invita a comer manjares extraños. Rechazar el ofrecimiento, me enseño Indiana Jones, era declararles la guerra.
Estiré la mano y agarré el medio faso. Lo metí en mi bolsillo. Después te digo qué tal, Jorgito, le dije haciéndome. 
Siempre pensé en quién sería la persona con la que fume por primera vez. Suponía que iba a ser algo especial. Algo único, por lo que tenía que pensar muy bien a quién le concedería el privilegio de verme drogado. Entendí entonces que fumar marihuana es exactamente como tomar mate o tomar cerveza, una excusa de quienes se aburren de hablar sin más. Son cosas pensadas en parte para socializar. 
Una vez entendido esto supe que tenía que llevar la contra por principio. Llevé la contra veintitrés años rechazando la marihuana y el alcohol, y ahora, si me propongo fumar, debería llevar la contra por lo menos fumando a solas.
Y así fue como me encerré en la oscuridad del baño y prendí el porro. Traté de fumarlo con paciencia, manteniendo profundamente cada aspiración, como dicen que se hace.
No fue la gran cosa. Me hizo dar sueño, nada más. Lo del poder oscuro de Mordor fue más una licencia poética que una descripción rigurosa de mi estado en ese momento. Ni siquiera me dieron ganas de reír, ni nada me daba vueltas, quizás era un porro así nomás, paraguayo, como le dicen. La verdad que no lo sé.
Tengo que aclarar que mi rechazo hacia el alcohol es mayor, pero así y todo ambas cosas me parecen un placebo que nos distrae de nuestra realidad. El que puede disfrutar de tiempo libre consume para olvidarse del vacío de su existencia. Es exactamente igual a mi caso, que escribo esto porque tengo tiempo al pedo y para olvidarme de que en realidad soy un boludo más con tanto vacío como cualquiera. Personalmente prefiero la distracción creativa a la otra, pero a los fines más prácticos da igual.

Pero también hay quienes fuman y toman no por tener tiempo libre, no para olvidarse de su vacío existencial, sino para olvidarse de su condición social, de su angustia, consumen para olvidarse del estrés o del dolor. Fuman y toman porque saben que no tienen nada más valioso que su fuerza de trabajo. Para esa gente la droga es funcional. Necesitan tomar alcohol o fumar marihuana para poder sostener diez horas de trabajo físico sin sentir el dolor de los músculos, sin sentir el peso de la rutina. No digo esto porque lo supongo, realmente lo vi en personas que trabajaron conmigo en la cocina y en diferentes lugares. Que no son casos aislados, que son un patrón dentro de la clase baja, donde los placebos corren con más velocidad y revelan su servicio a la clase que domina el capital. Porque cuando no hay más alternativa que un laburo desde abajo, sin proyección, sin crecimiento personal, sin retribución afectiva, sin obra social, sin autonomía, no ves la hora de drogarte, de evadirte, de ponerte bien en pedo y si mañana no me despierto que se vayan todos bien a cagar. Y cuando llego a casa no quiero hacer otra cosa que fumarme un 25 yo solo hasta no entender nada. No entender nada de toda esa tristeza que me agarra cuando pienso que no tengo nada aparte de este laburo de mierda, que tengo que aguantar así unos seis meses si quiero llegar al celular, que si me enfermo un día la cago mal, que ya estoy medio viejo, que encima tengo que mantener dos wachos y que para colmo no me alcanza para la birra. Yo necesitaría otra cosa ¿viste? Algo mejor, ¿la revolución, decís? Sí, eso sería lindo, pero no tengo tiempo para eso, tengo que laburar y si llego a conseguir un fasito ya soy feliz.  

miércoles, 20 de julio de 2016

Crónicas de un verano bizarro. Episodio IV


Bienvenido al infierno
Perdido por desconocer el rumbo de su querida Ítaca, Ulises acata el consejo de Circe y en el canto once de la Odisea desciende al inframundo para consultar a Tiresias sobre el destino de su viaje. La pasó bastante mal, habló con la sombra de su vieja, con un amigo que se había muerto hace unas semanas y con varios compañeros de la guerra contra Troya, congregados desde la oscuridad.

Para mí, casi toda la historia de Ulises nunca pasó, es pura frutada. Pero la frutada literaria tiene la capacidad de explicar cosas de la vida que resulta imposible explicarlas de otro modo sin que pierdan efectividad. Esta seguridad hace que mi lectura siga un método riguroso: primero busco la metáfora y luego la moraleja. En primer lugar, intento descifrar aquello que se esconde detrás de la idea del hades y la idea del viaje del héroe y luego cuál podría ser la enseñanza detrás de la historia. Esta lectura, claramente, resulta totalmente anacrónica y personal, pero me sirve para leer el bodriaso de los libros de Homero sin sentir que pierdo tiempo de mi vida.

Las conclusiones pueden resultar obvias: la metáfora del viaje de Ulises tiene como referente a la vida misma, el hades es metáfora de los límites ansiados pero temidos que creemos imposibles de superar. La moraleja: cuando estás perdido en el viaje de la vida puede resultar útil pasarla mal un rato, ir dónde no te gustaría para ver dónde estás parado y  conocer el camino a seguir.

La literatura contiene mensajes con ecos que pueden escucharse mucho después de ser leídos. Por eso, no fue sino luego de varios meses de haber aprobado literatura griega que me pintó una bicicleteada al inframundo de Santa Teresita en búsqueda de una certeza en la vida. Sin ser consciente de ello, la moraleja del viaje de Ulises resonaba como un eco entre tantas dudas.      

Crazy, mi Caronte

Vuelvo a mis crónicas. Todavía estoy en la primera semana de enero y tengo que conseguir trabajo donde sea si no quiero volverme a casa con las manos vacías. Por eso, reparto currículums en donde me encantaría trabajar el primer día, donde safa el segundo y el tercero en esos lugares que son un garrón pero bueno, ya no tengo un peso. Heladerías, supermercados, churrerías, estaciones de servicio, campings, hosterías, locales de ropa, ya todos tienen mi celular y mi nombre.

Pasaron cuatro días recorriendo toda la costa sin conseguir nada. No se me había ocurrido, claro está, preguntar si necesitaban empleo justo en frente de donde habíamos ido a parar. Era un negocio de pizza y hamburguesas llamado “Crazy” en donde las minicucarachas abundaban. Y sí, en ese local que podía ver desde el entrepiso donde dormía necesitaban ayudante de cocina. Al día siguiente, exactamente el 9 de enero comienzo con mi nuevo empleo.

Entro a las diez de la mañana, digo hola soy Leandro y delantal al toque, que Alfredito te va a explicar a pelar papas. Muy bien, pensé, se trata de pelar papas, esto no puede ser muy difícil. Alfredito me pareció un poco antipático al principio, pero después me contó que había empezado trabajar ahí mismo el día anterior. Ah, bueno, ¿y éste me va a enseñar? Pero la cosa era una boludez. Agarrás la papa con esta mano, le pegás una enjuagada rápida debajo de la canilla, agarrás el pelapapa y fra fra fra, la dejás así lo mejor posible. ¿Va? Claro, respondo, mientras voy probando con todas las papas que había en la bacha y me sacaba algunos pedacitos de uña sin querer. Así pasan una, dos, tres, diez, veinte, cuarenta, sesenta papas, y yo fra fra fra con el pelapapas y cuando se terminaban Alfredito venía con un nuevo bolsón lleno de tubérculos. Mis manos parecían de cartón y tenía toda la espalda contracturada cuando me percaté que había pelado tres de esos bolsones que me llegaban hasta la cintura.

El lugar no tenía ventanas, y el aire del horno y de la freidora se concentraba circularmente viciándose de aceite. Casi como un calabozo, las paredes me oprimían en su monotonía calurosa. Además, no tenía idea de si se había escondido el sol o no, sólo después supe que había estado nublado desde temprano. Imaginé que ese día sólo iba a ser una prueba, onda a ver qué me parecía. Pensé que iba a estar un rato y después me iban a dejar pensar si el trabajo me gustaba. Nada que ver. Me quería ir a la mierda. Al final, tan héroe no era. Para colmo no había llevado el celular y me daba vergüenza preguntar la hora.

El tiempo ya era indivisible. Mi única forma de calcularlo hubiera sido contabilizar las papas pero no podía, demasiado concentrado estaba en mover rápidamente la muñeca para llegar a los continuos pedidos de la freidora. Pensé que iba a pasar el resto de mi vida allí, imaginé el tamaño que tendría la papa si se sumaran todas las papas que había pelado, imaginé una papa como una pelota de básquet, pensé una papa tan gigante como Ginóbili, imaginé una papa del tamaño de una casa, donde uno podría habitar, imaginé entrar a mi hogar papa y dormir en mi cama papa...

Muy bien, por hoy, Leandro, buen laburo. Salís en diez, dejá la bacha y los azulejos limpios. Dejá el delantal acá.  

Pfff. Libertad.

O eso creí.

Mc Pancho, mi Cerbero

Me crucé en frente. Me cambié toda la ropa, me pregunté cómo había llegado el olor a fritura hasta mis calzoncillos y puse a llenar un balde de agua fría para bañarme. Usé un vaso para tirarme el agua sin salpicar mucho para no apagar la vela que puse sobre el inodoro.  

Me sequé. Me tiré en la cama paraguaya y cuando pensaba en lo lindo que iba a dormir por la noche, me llega un mensaje de texto.

Hola Leandro, soy Lucas de Mc Pancho, peatonal y 33. Te necesitaríamos hoy para cubrir un puesto de mesero, si te gusta podemos hablar para que te quedes. ¿Podés venir hoy a las 20?

Cuatro días esperando y en un día me llaman de dos trabajos. La concha de la gorra. Estaba demasiado cansado, me dolían las piernas, los lentes de contacto ya me estaban molestando. Pero… Mc Pancho implica propina, trato con la gente, aire libre, será una noche, luego elegiría por el que más me guste. No podía negarme.

Genial, Lucas, nos vemos a las ocho.

A las ocho entro, digo hola soy Leandro y andá a cambiarte al toque. Subo a un cuarto minúsculo, kafkiano, lleno de mochilas y ropa por todos lados. Un pelado ya estaba adentro. Soy nuevo le digo. No importa, mi nombre es Santiago, mucho gusto, jefe de cocina. Mucho gusto, hoy sábado se va a laburar ¿no?, le digo por cortesía. Jajaja, ¿nunca viniste a Mc Pancho? No, no conocía el lugar. Santiago me mira fijo con ojos diabólicos:

Bienvenido al infierno, entonces.

Me quedé mirándolo con cara de bobo, sus palabras se hicieron chicle en mi cabeza. El resto de la noche fue una gran confusión, como una gran bola de chicle de esas que hacías cuando eras chico y te metías como treinta chicles en la boca para ser el más piola. Cada nombre de cada pancho, cada precio, cada marca de gaseosa, cada pedido era un chicle más agregado al gran chicle que era mi cerebro.

Una mc fritas doble a la cinco con fanta, tres primaverales con salsa simple y un mixto con lluvia a la ocho, ¿para tomar? Dos pepsi y dos seven up. Un mexicano pero sin salsa a la dos, ¿porqué mierda no pide un especial que es igual al mexicano pero sin salsa? No importa, lo anoto como un mexicano sin salsa. Una promo cinco para la doce, con tres pepsis. La bebida primero. La comanda a la caja y después papelito al panchero. Pero lo que sea papas, rabas y hamburguesas a la cocina, no vayas a poner la comanda de las papas fritas con el pedido del primaveral porque no va a salir nunca, entonces anotás los panchos arriba y lo de la cocina abajo y después rompés el papelito a la mitad.

Dan la doce y en mi cabeza el chicle ya no tiene sabor. Me dejan veinte pesos de propina por llevar dos panchos, creo que ni les destapé la gaseosa. El trabajo en Mc Pancho definitivamente me dejaría más plata, pero hay algo que no me gusta. Detesto la idea de ser servicial de hacer algo que la gente no tiene ganas de hacer o que paga para que otro lo haga como correr una silla o limpiar una mesa. Me parece re inútil y que está mal que haya gente que vive de eso. Por otra parte es un laburo competitivo, si limpiás una mesa que no te corresponde te miran como si te quisieras robar la propina, si llevás el menú a gente que está esperando pasa lo mismo. Lucas, el encargado, me explicó que necesitaban un mesero para bancar las noches a la salida de los boliches, trató de convencerme para que me quedara, sabía que el laburo me convenía. Lo que no sabía era que yo no estaba ahí por la plata, estaba ahí para escribir mi aventura.

Sale un doble chedar y otro jamón y queso, ¿para tomar? Una birra, ¿cuáles tenés? Ni idea, pará que pregunto. Si, tenemos stella de litro, sino quilmes y brahma en lata. Una stella. ¡Ah! unas papas fritas, por favor. Muy bien, ahí les traigo. No me escribe la lapicera. Puta madre, ¿tenés una que te sobre? Dale, gracias. Sí, cierran las mesas ocho y dos, Lucas. Ya les tomo el pedido, un segundo. Para la dos una hamburguesa completa y un pancho simple con mayonesa con porción de papas, para tomar dos latitas quilmes. Partí el papel mal, no se entiende nada. Mejor lo anoto de nuevo, una hamburguesa completa y un pancho simple con mayonesa con porción de papas, ahora sí, esto al panchero, esto a la cocina. Disculpame, la mesa ocho pide sal, ¿dónde hay? Gracias. Sí, señora, la porción de rabas está sesenta, pero sería aparte de la promoción cuatro que no viene con rabas. De litro quilmes no, tenemos solamente stella. Lucas, abre mesa uno con una promo cuatro más porción de rabas. Muy bien ¡Hola, buenas noches, les dejo el menú!...

He aquí mi tártaro. Crazy, mi oscuro Caronte. Mc Pancho, una especie de guardián Cerbero que me destroza de a mordidas. El pela papas mi aguda espada. Los clientes son sombras de gente muerta.

Y yo acá, con una gorra roja, la chomba de Mc pancho, pensado que no me puse antitranspirante y que mis lentes de contacto me arden. Sólo espero que entre tantas sombras aparezca Tiresias y como buen adivino sepa indicarme cuál es el futuro que concierne a mi destino.

miércoles, 6 de julio de 2016

Apagado en espiral





Voy con apuro y busco las extremidades de las palabras que se me ovillaron en textos grises, sin argumento y, lo que resulta irremediable, sin pasión. Esos textos que vivo todos los días, textos que se apagan en espiral. Es por eso que hojeo para atrás, que ando apurado entre oraciones pasadasEs algo que ya no puedo soportar, madejas interminables de ideas contradictorias me asaltan en el capítulo que me toca leer todas las mañanas. ¿Dónde había empezado esta historia? No sé. Y no hay forma de seguir la novela de mis días si no releo el primer capítulo. Ese capítulo temerario que se jugó por romper el vacío de una existencia en blanco. Por eso voy corriendo por hojas pasadas. Necesito esa pasión. Necesito ese argumento. El argumento. Aquel que en algún capítulo intermedio se me perdió, entre la muerte de un protagonista, entre un amor no correspondido, entre la violencia de una relación posesiva. ¿Dónde se perdió la pasión de este texto? No sé. Por eso voy corriendo a mis primeros capítulos. Necesito ese motivo. Necesito ese color. Necesito esa emoción. De lo contrario, seguiré levantándome por las mañanas con textos apagados, opacos, fríos como tinta azul. 

sábado, 2 de julio de 2016

Imaginar en vano


Imposible resulta determinar las miradas, las lecturas o las inquietudes que iniciaron el encadenamiento de sucesos cuyo fin es el amor de tu vida, el viaje más recordado o incluso tu muerte. Podemos imaginar en vano qué amor, qué viaje o qué muerte hemos iniciado esta tarde. Es un ejercicio creativo e inútil que practico a menudo y con agrado.