viernes, 23 de septiembre de 2016

Crónicas de un verano bizarro. Episodio VII (I)


Prólogo
Puta, al fin el episodio que no quiero escribir. Que no sé cómo escribir.

Después de pensarlo bastante, de dudar, de entender que esto me haría quedar mal lo cuente como lo cuente, pasé a resignarme frente a la certeza de que nunca en la vida podemos caer bien parados. Nunca, aunque nos esforcemos, podemos excusarnos de todas nuestras equivocaciones.

¿Cómo escribir esto que necesariamente me hará quedar mal? 

Pensando en algunas buenas historias, entendí que si explico con precisión las circunstancias puedo justificar casi cualquier cosa. 

Recordé, por ejemplo, la novela "Crimen y Castigo" donde se cuenta la historia de un joven llamado Raskólnikov quien, por considerarlo un bien para la sociedad, asesina a una vieja usurera bastante garca. Un joven estudiante que nunca antes había hecho nada inmoral ni cometido ningún crimen, decide matar a una persona. Ni hablar de que le parte la cabeza a la mitad con un hacha, que le saca las joyas que tenía en un cofre para esconderlas en otro lugar y que mata también a la criada por haber visto todo. 

Claro, Raskólnikov se fue al chori. La zarpó para el carajo.  No obstante, el narrador hace un gran esfuerzo de más de quinientas páginas para que, sin que nos demos cuenta, empecemos a compadecernos de la situación del querido Rodia. La genialidad de Dostoievski impide que cualquier lector condene demasiado a este joven ruso, alter ego de sí mismo, hostigado por una sociedad enferma donde las injusticias eran cotidianas y naturalizadas por el régimen zarista. 

También vino a mi cabeza el caso bien conocido de Martín Fierro. Aquel poema cumbre de la poesía gauchesca, que no es más que un largo monólogo de un gaucho borracho, racista, misógino y asesino. Pero a Fierro lo miramos con simpatía porque él mismo se encarga precisamente de ponerse como el ejemplo más acabado de una  vida arruinada por la violencia militar y estatal. Injustificadamente, le quitaron la esposa, quemaron su rancho, perdieron a sus hijos, le quitaron sus tierras, ¿qué corazón insensible será capaz de condenar su devenir en bandido y asesino con la rigidez implacable de la ley? Creo que pocos.

De todos modos es un tema que da para el debate. Dudo que Raskólnikov o Martín Fierro hubieran sido mis amigos. Mis amigos no encuentran la justificación ni para matar cucarachas.

Pero la cuestión es que entendí que, si tenía que contar este episodio, tenía que ser precisamente de esa manera, dando un largo circunloquio detallando los motivos, las causas injustas que me impulsaron a cometer la infamia. 

¡Ah!, tengo que adelantar a costa de desilusionarlos, que no maté a nadie. 

Eso es lo que ustedes quisieran, morbosos.
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Un azul obsesivo
En la cronología de estas crónicas saltearé varios días, durante los cuales no sucedió nada aparte de trabajar, comer y dormir. Las últimas tres semanas de enero se pasaron a cuenta gotas. Fueron largas semanas de días monótonos y muy cansadores.

Como les conté antes, la mejor parte de aquellos días era cuando iba a la feria a atender el puesto de Mario y Leandro. El día declinaba, mates de por medio, debates filosóficos y porciones de pizza que llevaba de Crazy. 

Estoy en una de esas tardes tranquilas y relajadas conversando con los músicos antes de que se pongan a tocar. Imagino que serán eso de las nueve de la noche, cuando me encuentro detrás del puesto de artesanías, viendo con ojos distraídos la gente que pasa, abstraído por la música y las ganas de dormir. 

Siempre dudé de la posibilidad de pensar en nada, verdaderamente en nada, pero si la posibilidad existe, afirmaría que en el momento que pude entrever aquello entre el ir y venir de seres humanos, estaba, efectivamente, pensando en nada. 

Un par de ojos azules se detienen en los míos. Un azul que se detiene sin mucho más que su materialidad a ocupar el espacio de la nada que gobernaba mi cerebro.

El problema es que aquel par de ojos no se detienen un rato para seguir luego con su estela perfecta. No. Aquel par de ojos insiste. Estaban enmarcados por un mechón de pelo claro que caía de la oscuridad de una capucha que agregaba estilo a ese misterio seductor.

Le presté la atención que se merecía. Pero la insistencia de aquel azul obsesivo podía más, me costaba sostenerle la mirada. La situación era extraordinaria. Creo que nunca, en lo que va de mi vida, me miraron de esa forma. Casi como pidiéndome auxilio. Como buscando en mi mirada algo con ansiedad. Como implorándome un bien elemental, el nombre exacto de la calle, un vaso de agua o una rascada en la espalda.

En el momento impreciso que supe que ella me gustaba, caí en la cuenta de que tenía que reaccionar. Con esa certeza la desesperación pasó a ser mía.

¿Qué carajo hago?

Pensé inmediatamente en un recurso de mi amigo Martín, una persona que si se dedicara a escribir manuales de cómo resolver problemas de la vida en general en vez de estudiar historia y escribir sobre deporte, le solucionaría la vida a muchísima gente. Escribiría mi celular en un papel y se lo alcanzaría. Pensé que, además, sería algo divertido que rompería con la monotonía de aquellos días grises. 

Escribí lo más rápido que pude en el primer papelito que arranqué de algún lado y con una lapicera que le pedí a Leandro. La tuve que correr porque ya se estaba yendo. Llegué a balbucear un diculpame mientras le estiraba la mano e intentaba sonreírle. Ella aceptó el papel mientras me devolvía la sonrisa tranquilamente, sin acertar a decir nada. Imaginé que lo abrió mientras se alejaba.

1132733323 LEAN (SIN WPP)

Pasados unos diez minutos, lo juro, mi nokia infopobre suena. Un mensaje. Lo leo. 

"Hola Lean, soy la chica que te miraba obsesivamente en la feria jaja"

Me reí fuerte como si me hubieran contado un buen chiste. Pero el sentimiento era ambiguo.

Lo peor en las personas es cuando se muestran desesperadas por cosas que no son urgentes. Por eso, antes que un pensamiento vanidoso, engreído, o una sensación de victoria infinita, de satisfacción gloriosa por haber captado la atención de una rubia alta de ojos azules, de haber vencido el miedo de encarar una mina, otro pensamiento invadió mi cabeza cuando leí aquel mensaje. Una idea contraria a lo que el sentido común podría sugerir. 

Lo único que atiné a decirle a Leandro, testigo de aquella escena, fue: alta loca de mierda.
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(Continuará...)

domingo, 11 de septiembre de 2016

Magen



Cuando voy existiendo hago exactamente lo mismo que cuando escribo, observo detenidamente a quienes existen y escriben mejor que yo y copio lo que considero que hacen bien sin ningún escrúpulo. Lo que considero que hacen mal, por el contrario, lo descarto sin miramiento. 

Soy un punga barato de recursos y virtudes ajenas. 

De esta manera, me voy pertrechando de metáforas afanadas, de palabras de otros, de sonrisas imitadas por ahí, de poses que hago mías, y es así que voy escribiendo y exisitiendo a costa de inocentes víctimas que nunca se dan por aludidas. 

Luis Pisani fue la primer persona no amiga mía que apreció mis dibujos, por eso no dudé en hacerle uno cuando me lo pidió. La consigna era dibujar a Magen, un personaje antropomórfico genial, protagonista de un texto todavía más genial.  

A Luis casi no lo conozco, pero hemos compartido algunos espacios juntos, de él entendí una verdad: se puede ser un nerd recalcitrante y un copado en serio. Se puede ser profesor de literatura y decir "taradita" o "rescatate" sin perder aire de intelectual. 

Luis escribe, y sospecho que existe, mejor que yo. Por ende, Luis es una de mis víctimas.

El texto de Magen empieza así:

Despertador y Magen tiene dos problemas fundamentales: la sensación de que la noche anterior se mandó una cagada y el fantasma de su pieza que cada mañana le arranca su gorrito.
     –Dameló, puto.
El gorrito le cae encima, como si nunca hubiera pasado...

Pueden (deben) seguir leyendo en --> Magen

domingo, 4 de septiembre de 2016

Oscuridad


Te informo que en la oscuridad que reina en los segundos previos a la presión de tu dedo sobre el interruptor eléctrico hay decenas de monstruos. 

Ellos y ellas se alimentan de miedo, de negrura, de incertidumbre. Acechan en los cortes de luz, en las habitaciones más viejas de la casa, en las noches distraídas en que entrás a tu casa sin pensar demasiado, debajo del sofá, debajo de la cocina. 

Es comprensible que les tengas miedo. 

Estos monstruos habitan en el desierto de tu imaginación. Portan la bandera de un territorio relegado, buscan sublevarse contra el resto de tu organismo, que los oprime y los sujeta con férreas cadenas de racionalidad.

¡Cómo no tenerles miedo! Si al primer descuido agarrarían tu cerebro y le destrozarían la lógica, le devorarían el futuro y volverían en tu contra todo el peso de la rutina.

Al primer descuido te encerrarán en cárceles de imaginación, con celdas interminables de incertidumbre, te separarán con barrotes de misterio y luna. Harán de tu vida la revolución y ellos se verán liberados de esa existencia minimizada, relegada a uno o dos rincones con telarañas, con humedad. Llevarán el ensueño al gobierno y la luz ya no estará al servicio de los sentidos, del empirismo y la lógica, sino que será vehículo de fantasías aberrantes, de ilusiones mediante las cuales los monstruos serán flores, el miedo será felicidad, el odio se volverá amor.

Aquellos montruos de la oscuridad, tan nuestros, tan olvidados, son residuos de otro mundo. Un mundo perdido. Un mundo donde, a diferencia del que habitamos, de reglas lineales, con valores absolutos, reina un solo principio: la relatividad. 

Para esta noche, te informo, no hay mejor plan que dejar el dedo en supensión, prolongar la noche dentro de tu habitación y dejarse devorar por la oscuridad. 

domingo, 21 de agosto de 2016

Existencia contrafáctica



La historia contrafáctica está de moda. También está de moda la existencia contrafáctica. La primera propone una reconstrucción histórica a partir de imaginar qué hubiera pasado si tal hecho histórico hubiera sucedido de otra manera. La segunda es un desprendimiento informal de la filosofía, practicada por aquellas personas que durante las horas de insomnio imaginan qué vida tendrían si algún episodio de su existencia hubiera transcurrido de diferente manera. Los más obsesivos llevan la existencia contrafáctica a extremos sorprendentes, imaginando qué hubiera pasado si el día en que murió el abuelo hubieran decidido colocarse las medias rojas en lugar de las azules. En general, esta disciplina se ejercita en relación a hechos algo más relevantes y ante el inconformismo de un presente poco prometedor. Si el que practica esta filosofía es desdichado, la misma puede resultar un triste consuelo. Si aquella persona, por el contrario, es afortunada, tal ejercicio no tiene ningún sentido.

La historia contrafáctica, por su parte, jamás tiene sentido. Sólo cabe pensarse que el historiador que se propone componer algo tan ridículo, entendió que en realidad la historia no es más que un modo posterior e impreciso de la literatura, y como no quiere dejar de ser llamado historiador por miedo a perder el empaque de seriedad y cientificidad, incurre en esta tímida forma de dar vuelo a su imaginación. Encuentro en esta nueva corriente de hacer historia un tibio deseo de justificar o rechazar el curso efectivo de los acontecimientos. A partir de un supuesto método riguroso, el historiador arrepentido de su condición encubre la fantasía tendenciosa que entreteje. Fantasía que, a menos que se descubra como verdadera literatura, dificíl resulta encontrarle algún valor.

Ante todo, hay que entender que detrás de la historia contrafáctica y de la existencia contrafáctica hay un grado insano de frustración y, por sobre todo, de negatividad.   

Como no quiero caer en el mal juego de criticar sin proponer, seré propositivo con respecto a esto. Propongo que aquellos historiadores cansados de la investigación y con ganas de imaginar otros mundos salgan de la ucronía y piensen en la utopía. De esta manera, dejarán de preguntarse “¿qué hubiera pasado si…?” y pasarán a cuestionarse “¿Qué pasará si hoy…?”. Este pequeño paso significaría un cambio radical porque aquellos historiadores descubrirán el valor del compromiso frente a la mera contemplación, pasarán de la negación a la propuesta y del encubrimiento al descubrimiento.

Por otra parte, a quienes sean usuarios de la existencia contrafáctica, puede resultarles un poco más positivo dedicar las horas de insomnio no ya a imaginar cambios en el pasado sino a pensar en los cambios de mañana a partir de modificaciones en el presente. Este giro obliga a uno a revisar las propias prácticas cotidianas de existencia y provoca un compromiso con el día a día. Si sos un desdichado, dejarás de consolarte con imaginar una existencia pasada imposible y pasarás a reanimarte pensando en una existencia futura menos imposible y más producible. Pueden probarlo, a mi me resultó. 

miércoles, 17 de agosto de 2016

Crónicas de un verano bizarro. Episodio VI



Entretanto... en Chamacos
A los cinco días de estar durmiendo en los entrepisos de madera de Chamacos, Rosa, una feriante de Santa Teresita quiso sumarse a nuestra contractura. No tenía lugar para dormir aparte del auto y no podía pagar un alquiler turístico, obvio. No la conocíamos pero no podíamos negarle la hopitalidad de un lugar a cincuenta pesos el día.

Mirá que no hay una mierda, ni luz, ni agua caliente (la fría anda con poca presión) y tampoco tenemos gas. Le advertí con sinceridad. No importa querido, ¿sabés los lugares en los que he vivido? No, no tengo idea y tampoco quiero saberlo, Rosa. Solamente quiero un techo y un lugar para trabajar tranquila. ¡No se diga más, bienvenida entonces!

Rosa hace unos duendes que me dan miedo. Que dan miedo. En la feria hay mínimo cuatro artesanos que hacen duendes y en mi puta vida he visto un duende en ningún lado. ¿Quién mierda compra estos duendes, Rosa? Mucha gente, querido, hay gente que ama los duendes, se vuelve loca cuando ve los míos, que son los mejores. Es verdad, los suyos estaban zarpados. Pero no podía creer que hubiera gente que amaran esos mostruitos, sospeché que debería tratase de una extraña parafilia. 

Y decime Rosa, detrás de todo eso de los duendes hay algo raro, ¿no? ¿Raro cómo? Raro, Rosa, no sé, vos les metés algún gualicho de esos medios misteriosos ¿no?, te pregunto en serio, decime la verdad. Dale, sos un boludo pibe, me dice confianzuda. Yo los hago porque me gusta hacerlos, porque me gusta trabajar con los diferentes materiales, porque para mí es un oficio. Así me explicaba mientras yo la miraba con desconfianza.

Y no era para menos. 

Ahí donde alquilábamos también guardaban todas sus cosas los artesanos de la feria, por lo que la entrada de Chamacos estaba llena de bártulos oscuros, carritos y cajas. Entre todas esas cosas había un duende que tenía mi altura y hasta mi peso, era gigante, con la barba bien tupida, la mirada reconcentrada sobre unos pómulos puntiagudos y bajo unas cejas exageradas. Rosa casi nunca llevaba aquel duendón a la feria porque era demasiado grande y no lo tenía a la venta. 

Durante los casi dos meses que estuve en aquel lugar, siempre que entraba de noche lo primero que me aparecía era eso. Aquello. Un duende gigante tirado en la oscuridad, que miraba la negrura sin pestañear. No podía evitar las ideas perturabdoras que pensamos todos cuando vemos algo sospechoso en la oscuridad. Sucede que en general, nos percatamos luego de que todo es una fantasía, y que eso que vimos no es más que una sombra, un gato o el viento. En este caso el consuelo era imposible, tenía que avanzar hacia el duende, pasar por sus narices, mientras él permanecía sonriendo como faltándome el respeto, en su pose tan relajadamente sospechosa, mirándome con sus ojitos inofensivamente perversos. Tan pero tan siniestro.

El amor en Disneylandia
Mi turno en Crazy terminaba a las seis, un par de horas más y la noche se venía encima, en casa no podía estar si no quería gastarme el sueldo en velas. Por ese motivo me pegaba una ducha rápida, me ponía ropa sin olor a papas fritas y después de una siestita en la cama paraguaya me iba para la feria de la costanera. En la feria trabajaban Ludmila, Mario, Leandro (un amigo que toca la guitarra) y Rosa. No iba sólo a charlar y tomar mates con la gente, además atendía el puesto de Mario y Lean mientras ellos tocaban el chelo y la guitarra como Dúo Bustos Raboni (ahora es un trío) en medio de la feria y a la gorra.

Seguro deben pensar que uh, qué piola trabajar en una feria de la costa, qué copado, qué buena onda. Bueno, vengo a comunicarles que nada que ver. Alta mala onda.

No tienen idea toda la basura que se tiran entre todos. Yo lo podía ver un poco de afuera porque iba de un puesto a otro, escuchando y sacando charla. Fabio (el mismo que me dió empleo en aquellas Noches de vigilia) opina con muchos fundamentos que Eduardo es un puto sometido por las dos artesanas conchudas que tiene al lado, además piensa que Rosa es una boludita egocéntrica. Mario no se banca a Florencia. Florencia es una alchólica que mandó a cagar a Gonzalo, la pareja de Ludmila, así de la nada, mientras yo charlaba tranquilamente con él. Rosa está del orto con la mitad de la feria porque el año pasado hubo un problema con las llaves del depósito. Ludmila odiaba a Rosa porque según ella, la miraba mal cuando pasaba. Todo así de divertido. 

Sin duda, lo mejor de la feria y lo más hermoso del día, era cuando Mario y Lean se ponían a tocar. Mi alma descansaba del ruido de la peatonal y de esa cumbia retro colombiana que pasaban las ocho horas en la cocina. Esa música aberrante e insoportable que habla del no te vayas nunca más, sos mía, no te quiero ver al lado de otro, mi vida sin ti es nada, me tienen envidia, mala por tu engaño, etcétera, etcétera. Esa música que conocía, pero nunca había tenido el placer de analizar tan en detalle. Todos los temas eran iguales. Todos. Una música que sin mucho esfuerzo descubre ese amor bien macho (y bien mujer, en consecuencia) tan posesivo. Hasta llegar a extremos realmente impensados y violentos, como el tema que trataba de un tipo que había matado a su mujer y le cantaba al abogado con voz de Cacho Castaña que no había sido su culpa, que ella lo había engañado y que el día del asesinato había tomado. Les juro que en la radio de la costa suenan temas como ese.

El caso es que yo me preguntaba, mientras rebozaba las milanesas o cortaba rabas y escuchaba esa música, cómo es que las mujeres y los hombres no entienden que nadie es nada, que nadie es una cosa, que nadie puede tener a nadie. Que el amor no es tener.  Digo entender esa idea porque sentirla es mucho más difícil, lo sé. Pero podríamos empezar por evitar componer temas tan de mierda.

¡Ah! Seguro que las personas no escucharon a Mario y a Lean, porque yo siento que amor es escuchar el punteo de una guitarra o el vibrato de un chelo y pensar en nada, o pensar en todo. Da igual. Y sentir eso lindo que te acaricia el cerebro, que le da besitos y lo invita a revolcarse en un colchón de música.  

Amor es sentir la belleza que, como ya dijo alguien, será la única que salvará al mundo.

Lo otro, lo otro es Disneylandia. 

jueves, 11 de agosto de 2016

Lo que aprendí en un balcón


Dibujo que hice para una maleza salida del corazón y la memoria de Martín, mi gran amigo. La cosa empieza así:

Es 21 de diciembre del 2000 y estoy nervioso. Tengo 16 años y desde hace nueve espero una noche como ésta. No es la fiesta de egresados de mi hermana Gaby lo que me tiene así, si no lo que va a pasar en esa fiesta: estará, invitada por mí, la chica más linda de todos los barrios.
No tengo chances con ella: está de novia y no le gusto. El deseo es verla, por una vez, fuera del colegio. Charlar cinco minutos con ella. Sólo eso. Yo no lo sé, pero al final de la noche me llevaré una grandísima sorpresa...

El texto continúa acá (no dejes de leerlo)--> Lo que aprendí en un balcón 

viernes, 5 de agosto de 2016

Crónicas de un verano bizarro. Episodio V


Maleza obsequiada por Sergio, el caricaturista de la feria, el porro es maleza de photoshop.


El ojo de Sauron 
Oscuridad.
En la negrura se aspira una luz de fuego y por unos segundos se refleja en los azulejos blancos. Desaparece.
Oscuridad.
La luz se refleja ahora en mis ojos. Ilumina de rojo mi cuerpo sentado en el inodoro. Ilumina mis manos que sostienen medio faso.  
La penumbra se va colmando de humo.
La ovalada luz de fuego que amaga intermitente del extremo del porro se transforma en el ojo de Sauron que resplandece sobre Barad-dûr. Mis ojos contemplan el resplandor con el espanto y la fascinación de la mirada de Frodo. Por un instante, me imagino el poder oscuro de Mordor.
Estoy fumando droga por primera vez a los veintitrés años y no me da vergüenza confesarlo.
Estoy fumando marihuana solo en un baño a oscuras, mientras me pregunto cómo es que llegué a esta situación, cómo mi vida de férrea moral cristiana se ha desviado a este estado de ridículo libertinaje.
Para llegar a la respuesta es necesario volver el tiempo algunas semanas atrás, allá donde había quedado esta historia.

La cofradía Crazy
Son las nueve y media del domingo diez de enero. La irritante alarma de mi nokia infopobre hace el intento de despertarme. El gusto a perro que siento cuando me acuerdo de tragar saliva completa la intención de la alarma y finalmente me despierto contracturado por el entrepiso de madera que oficia de colchón.
En media hora, exactamente a las diez, tengo que estar en la cocina de Crazy, el local de comidas en el que me hicieron pelar más de sesenta kilos de papas el día anterior. Me cepillo los dientes con ganas de sacarme el cansancio y el gusto a perro, y escupo el dentífrico con ganas de escupir toda la mugre que tengo de las ocho horas de haber trabajado en Mc Pancho la noche anterior. No hay tiempo ni ganas de un baño con agua fría a esta hora. 
A las diez en punto me cruzo en frente, donde está el local Crazy y su cocina. Ahí me esperan Gastón, el encargado, Alfredito que se ocupa de cortar rabas y ayudar a Cristian, el que maneja la plancha, y Jorgito que se ocupa de meter la pizza y manejar la freidora de rabas. 
Como no podía ser de otra manera mi trabajo es pelar papas, limpiar el piso y ayudar a los que ayudan.
Contra lo que se podría pensar, estar en la escala más baja en la jerarquía de la cocina me hace trabajar con la conciencia tranquila: es obvio que no puedo forrear a nadie. Eso hace mi trabajo un poco más honrado.   
¡Hola Gastón!, ¡hola Alfredito!, les digo. ¡Hola Leandro!, ayudá a sacar las mesas y las sombrillas a la vereda y después pasás a la cocina, ¿dale? Sí, joya. 
En el código de todo laburo informal en relación de dependencia la paja no existe. 
Pero trabajar en la cocina me gustaba. Es un laburo cooperativo: no importa quién hace qué cosa, lo importante es que se haga. Por ejemplo, si Alfredito está cortando rabas y tiene que ir a lavar platos porque se le llenó la bacha, yo me pongo a cortar rabas y cuando vuelve sigo con lo mío. Lo importante es cubrir los huecos, al igual que un equipo de vóley. 
Por otra parte, el trabajo en la cocina es absolutamente mecánico, podía pelar papas mientras pensaba en otra cosa. Y, además, no tenía que fingir amabilidad ni acordarme el precio de nada.   
Ese día, domingo, se trabajó un poco menos que el sábado. Hasta corté queso un buen rato y me encargué de la bacha. Casi todo el trabajo era preparar las cosas para la noche, que era el momento en que más gente caía al local. 
Entre comandas, jodas, rabas, papas, milanesas, pizzas, queso, hamburguesas, me sentía cómodo. Los pibes eran una masa. Jorgito me preguntaba en joda si había probado la empanada de chorizo y Alfredito me contaba seriamente que dentro de unos años se quería hacer budista. Durante el año trabajaban de ayudantes de albañil o de lo que venga. En la cocina nos pagaban 25 pesos la hora, en albañilería a veces les pagaban menos, ¡era o volverse buda o chorro, una de dos! Yo lo admiraba, porque paciencia para buda no tengo. Me salva que durante el año tengo la comida que les saco a mis viejos y un laburo con obra social.  
A las seis me largaron y ni se me ocurrió volver a Mc Pancho, ya estaba decidido, me quedaría trabajando en Crazy.

El manjar de una tribu desconfiada
Una tarde en la cocina, mientras acomodaba las asaderas con prepizzas sobre la mesa, Jorgito me preguntó si fumaba porro. Nunca había fumado en la vida, pero por condescendencia o por fiaca de dar explicaciones, le dije que a veces lo hacía. Claro, no pensé que tenía en mente regalarme uno. En cuanto me lo ofreció no tenía argumentos para rechazarlo.
En ese momento era como un explorador en medio de una tribu desconfiada que lo invita a comer manjares extraños. Rechazar el ofrecimiento, me enseño Indiana Jones, era declararles la guerra.
Estiré la mano y agarré el medio faso. Lo metí en mi bolsillo. Después te digo qué tal, Jorgito, le dije haciéndome. 
Siempre pensé en quién sería la persona con la que fume por primera vez. Suponía que iba a ser algo especial. Algo único, por lo que tenía que pensar muy bien a quién le concedería el privilegio de verme drogado. Entendí entonces que fumar marihuana es exactamente como tomar mate o tomar cerveza, una excusa de quienes se aburren de hablar sin más. Son cosas pensadas en parte para socializar. 
Una vez entendido esto supe que tenía que llevar la contra por principio. Llevé la contra veintitrés años rechazando la marihuana y el alcohol, y ahora, si me propongo fumar, debería llevar la contra por lo menos fumando a solas.
Y así fue como me encerré en la oscuridad del baño y prendí el porro. Traté de fumarlo con paciencia, manteniendo profundamente cada aspiración, como dicen que se hace.
No fue la gran cosa. Me hizo dar sueño, nada más. Lo del poder oscuro de Mordor fue más una licencia poética que una descripción rigurosa de mi estado en ese momento. Ni siquiera me dieron ganas de reír, ni nada me daba vueltas, quizás era un porro así nomás, paraguayo, como le dicen. La verdad que no lo sé.
Tengo que aclarar que mi rechazo hacia el alcohol es mayor, pero así y todo ambas cosas me parecen un placebo que nos distrae de nuestra realidad. El que puede disfrutar de tiempo libre consume para olvidarse del vacío de su existencia. Es exactamente igual a mi caso, que escribo esto porque tengo tiempo al pedo y para olvidarme de que en realidad soy un boludo más con tanto vacío como cualquiera. Personalmente prefiero la distracción creativa a la otra, pero a los fines más prácticos da igual.

Pero también hay quienes fuman y toman no por tener tiempo libre, no para olvidarse de su vacío existencial, sino para olvidarse de su condición social, de su angustia, consumen para olvidarse del estrés o del dolor. Fuman y toman porque saben que no tienen nada más valioso que su fuerza de trabajo. Para esa gente la droga es funcional. Necesitan tomar alcohol o fumar marihuana para poder sostener diez horas de trabajo físico sin sentir el dolor de los músculos, sin sentir el peso de la rutina. No digo esto porque lo supongo, realmente lo vi en personas que trabajaron conmigo en la cocina y en diferentes lugares. Que no son casos aislados, que son un patrón dentro de la clase baja, donde los placebos corren con más velocidad y revelan su servicio a la clase que domina el capital. Porque cuando no hay más alternativa que un laburo desde abajo, sin proyección, sin crecimiento personal, sin retribución afectiva, sin obra social, sin autonomía, no ves la hora de drogarte, de evadirte, de ponerte bien en pedo y si mañana no me despierto que se vayan todos bien a cagar. Y cuando llego a casa no quiero hacer otra cosa que fumarme un 25 yo solo hasta no entender nada. No entender nada de toda esa tristeza que me agarra cuando pienso que no tengo nada aparte de este laburo de mierda, que tengo que aguantar así unos seis meses si quiero llegar al celular, que si me enfermo un día la cago mal, que ya estoy medio viejo, que encima tengo que mantener dos wachos y que para colmo no me alcanza para la birra. Yo necesitaría otra cosa ¿viste? Algo mejor, ¿la revolución, decís? Sí, eso sería lindo, pero no tengo tiempo para eso, tengo que laburar y si llego a conseguir un fasito ya soy feliz.