domingo, 4 de diciembre de 2016

El sentido de este texto

Si van por la avenida Alsina y doblan a la derecha un poco antes de llegar a Temperley, no van a sentir que están en ningún lugar especial, pero pueden probar seguir caminando tres o cuatro cuadras por esa calle que es la del hospital, y en la casa que tiene el número 835 tocar el timbre como si se tratara de la casa de un amigo.

Se sorprenderán al ver que alguien les abre como si los conociera, invitándolos a pasar a una casa común y corriente. Ahora bien, si no los dejan pasar argumentado que no los conocen, no deberían sorprenderse en absoluto.

Una vez adentro, verán un pasillo largo y al fin de este, una habitación. Casi seguro que la puerta de la misma estará cerrada, pero no advertirán ningún otro indicio para pensar que no tienen que ingresar a ver cómo es el cuarto por dentro.

Es necesario dar rienda suelta a la curiosidad. La habitación en cuestión está pintada de verde pastel. Hay un escritorio, una silla, una cama y un sillón amarillo. Podemos reconocer con facilidad que el escritorio es frecuentado, muchos apuntes universitarios, cantidad de marcadores, un panel de corcho en la pared con cientos de notas, fechas, nombres, números de teléfonos, algunas fotos de seres queridos.

Pero lo más importante es el cajón del medio que está debajo del escritorio. El del medio, porque el de arriba tiene cosas de celulares viejos, un corta uñas y algunos papeles del trabajo. El de abajo, por su parte, no guarda más que algunas hojas escritas o impresas de un lado pero limpias del otro. 

Se hace necesario abrir el cajón del medio. Dije que es importante porque guarda una agenda. Recomiendo que se sienten en la silla giratoria del escritorio para hojearla, porque el sillón de hunde mucho. La agenda es una de esas comunes, con muchos números y nombres, pero en la tercera página de la última parte, que en general está dedicada a las notas, van a encontrar este mismo texto.

Sí, esto que estás leyendo ahora está ahí, en el cajón del medio en el cuarto al final del pasillo de la casa número 835 de la calle esa del hospital antes de llegar a Temperley.

En ese lugar que ahora es este lugar. El escenario que te rodea. Empezás a leer más rápido, para ver cómo avanza la historia. Apurás el texto de a bocanadas. Imaginabas un final fantástico, algo increíble en aquel cajón, un historia de aventura o de muerte.

Pero no. Sólo este mismo texto que se va desarrollando ante tus ojos en las páginas de una agenda común. 

Buscabas una explicación, un final, un remate, que dé sentido a toda esa sucesión de imprevistos que te llevaron a este cuarto. Estás queriendo saber qué hacés acá pero nadie lo sabe. Una pregunta se hace inevitable. ¿Por qué carajo estoy leyendo esto? Y lo cierto es que ni siquiera vos tenés una idea aproximada de la respuesta.

Podrás decirme que me estoy lavando las manos. Que no me estoy responsabilizando del final de este texto. Que te obligué a llegar a este cuarto y a agarrar esta agenda y ahora no estoy dando las explicaciones suficientes. 

Nada más lejos de la verdad. Lo cierto es que el final sos vos. No me refiero a los hipotéticos ustedes, sino a vos en concreto. 

Te dejo en un cuarto desconocido, leyendo un texto que no tiene sentido en sí mismo, para que puedas pensar en vos. Porque ya se contaron muchos cuentos con lindas historias, lo cierto es que de poco sirve uno más. Lo que es importante es que reflexiones por qué no estás protagonizando ningún texto, en el caso de que así fuere. Es importante encontrar el sentido, no de un texto, sino de tus días.

Se me ocurre, entonces, dejarte acá, protagonizando esta historia que te pone en primer plano, para que no te sientas tan mal. 

Yo sé que entraste porque el dibujo te pareció simpático. Porque estás queriendo distraerte de la vida con cualquier boludez que haya en internet. Pero no vas a encontrar nada de eso. Ahora estás solo. Estás sola. Con todos tus problemas y con todas tus virtudes. Lo único que te pido, desconocido, desconocida, es que no arruines este texto con las primeras sino que lo realces con las segundas, y, ya que estás, cumplas con ánimo tu papel principal. 

domingo, 6 de noviembre de 2016

Crónicas de un verano bizarro. Episodio final.


El momento que debía ser imborrable
El último jueves llovió un montón. La feria no armó. Pero eso no me ponía de mal humor. El sábado me iría en  un micro común y corriente. Por fin, a casa. 

A la noche tenía ganas de salir, pediría pizza y me la quedaría comiendo por ahí. Donde fuera, a pesar de tanta lluvia. 

Miro el cel, dan las doce en punto. Pienso que ya es viernes, que ya falta menos.

Entro en la pizzería. Hola, buenas noches, ¿tienen pizza que les haya sobrado de hoy? Sí, quedó, esperame. Me alcanzan una caja de pizza llena de porciones hasta el mango. La agarro, estaba caliente. Muchas gracias, digo con mi mejor sonrisa. 

Todavía llovía. Voy rápido por debajo de los techos de la vereda para no mojar la pizza. Eran demasiadas porciones para mi solo, pero no quería volver a chamacos a compartir con la gente. Necesitaba soledad.   

Llueve y no sé donde meterme. 

Camino por la costanera. Justo en frente de la feria hay un edificio en construcción, debajo hay un escalón largo y protegido del agua en el que me podía sentar con la seguridad de no molestar a nadie. 

Ahí estoy. Me como dos porciones de pizza. La carabela de la costanera, la típica postal de Santa, se veía difuminada por el agua. Una persona apurada pasa cerca tratando de no mojarse, no me mira. Durante las horas que estuve tirado ahí como un vago habrán pasado dos personas más. La calle estaba vacía. 

Las dos porciones me llenaron. No tengo sed. Tampoco sueño. La noche está fresca, pero tengo un buzo. Así que tampoco siento frío. No tengo nada para hacer. No tengo sueño. Es probable que tenga ganas de caminar, pero la lluvia lo impide. No tengo ganas de ir al baño. 

Nada me mueve a salirme de ese escalón en el que estoy sentado. 

Como circunstancia natural en ese estado de cosas, me pongo a contemplar el mundo. Para complicarlo un poco, se me ocurre la idea de fijar este momento en mi memoria y acordármelo para siempre. 

No sé si voy a poder, pero hago el esfuerzo. Paso a ver todo con una atención exagerada. Veo la linea imperfecta del cordón de la vereda sobre la calle, las gotas sobre las ventanas de los autos estacionados enfrente, las velas de la carabela matizadas de gris por la lluvia, los colores de la feria, observo el silencio, esta humedad y el olor a mar. 

Recordar el momento será difícil porque no tiene nada de extraordinario. Pienso en todos los cuadros insulsos que recuerdo, en las escenas vividas que no tienen mucha importancia pero que permanecen a la altura de los cumpleaños, de los grandes encuentros, de los días esperados. Callado y mirando la insistencia de las gotas, repaso aquellas escenas. Sucesión de personas y situaciones reviven en la noche sin más orden ni sentido que el hecho de encontrarse en mi pasado. 

En la costanera y la calle 39, sentado en un escalón de un edificio en construcción, en la madrugada de un viernes, me siento viejo. 

Lo sentí con una fuerza ineludible, con una certeza difícil de imaginar en alguien de mi edad. Pero sentí vejez. Sentí historia, sentí pasado. Sentí esas personas que ya no estaban en mi vida. No por muertas, sino porque así se dieron las cosas. Y eran muchas. También sentí todos esos lugares que dejé y que ya nunca pisaría, porque así se dieron las cosas.  

Entre la lluvia y la noche, supe que mis crónicas tendrían un final melancólico. Sin pompa, sin nada extraordinario, sin diálogos, sin esfuerzos desmedidos. Pero estaba bien. Era un final real. Hasta entonces me entusiasmaba la idea de escribir por fin una historia verdadera, de tener algo interesante para contar. 

Pero en aquel momento la sensación era otra. Entendí que las crónicas no serían más que un insignificante fragmento. Sentí que aquella temporada era el reflejo de veranos pasados. Sentí que el papel de mi vida, que yo creía en blanco, había comenzado a escribirse hace tiempo y sin que me diera cuenta de ello.

viernes, 28 de octubre de 2016

Crónicas de un verano bizarro. Episodio VIII


Gonzalo, Diego y Charly
Es un febrero cualquiera en la costa. Hace ya varias semanas que nos acompaña Gonzalo, un punkie de la calle que no tenía dónde dormir y que no tuvo mejor idea que hacer creer a Ludmila que la amaba y, con el pretexto de ser su pareja, lo dejamos entrar. Claro, Ludmila nunca se enteró de la verdad ya que, pasados unos días, Gonzalo se llevaba mejor con nosotros que con ella.

Con él ya éramos cuatro durmiendo en Chamacos.

Pero no sería el último porque Diego, mi viejo gran amigo, llegaría después que él a pasar unos días.

Para ese entonces, para serles sinceros, yo estaba recontra hinchado las pelotas de tener que bañarme con agua fría todas las putas tardes, alumbrado con una vela que si salpicabas mucho se apagaba, de tener toda la ropa sucia y con un olor a fritura que sólo saldría con un enjuague en ácido, de no poder cocinar nada a la noche, de no poder comprar nada que necesite ser guardado en heladera, de no tener acceso a internet en ningún lado, de la mala onda del gordo merquero de enfrente, y de que, para colmo, me agarrara una infección en los ojos por ponerme los lentes de contacto sin lavarme demasiado bien las manos. Pasé el resto de mis vacaciones con los anteojos que tanto odio.

Diego se fumó mi mal humor toda la semana que pasó en Santa Teresita. Por eso lo quiero.

Hoy es martes cinco de la tarde y alto día de lluvia.

Las cosas que antes me parecían divertidas ahora me ponen del orto. Como se cortó el agua por alguna razón que nunca entendí, Diego y Gonzalo se entretenían juntando el agua de lluvia que caía del techo para poder bañarse ese día.

Esta lluvia se está cagando en todos, digo sin paciencia. Mejor, mirá... ya casi se llenó todo el balde este, me responde Gonzalo con un positivismo tan Ned Flanders que contradecía su ropa negra, sus ojos delineados y sus uñas pintadas. Me parece que hay que poner otro tacho, yo también me quiero bañar, ¿puedo poner aquel?, comenta Diego.

No, ese no se puede. Es la casa de Charly. ¿Quién es Charly?, pregunta Diego. Charly, nacido en las turbias tuberías de Santa Teresita. Explica Gonza, haciéndose el misterioso.

Diego tuvo que acercarse al balde para conocerlo. En un principio no vio nada, sólo agua un poco verde. Gonzalo se le acerca y le señala. Ahí, mirá, en el fondo, contra el costadito, ¡es tan tierno! No se mueve porque a esta hora duerme.

Charly era un gusano minúsculo. Lo había adoptado Gonzalo cuando salió asquerosamente de una de las canillas del lugar.

Me corrijo, en Chamacos éramos seis: había olvidado a Charly.

Pizza libre en serio
Eran las doce de la noche maso, había que activar si queríamos comer algo antes de que cerraran todos los negocios.

Che, Die, ¿re da para ir a comer a Pizza Libre, no? Pero antes decile a Gonza, no lo dejemos ahí colgado. Dale.

Pizza Libre es el local de pizzas más grande de Santa Teresita. Decir "ir a comer a" es un claro eufemismo, en realidad no íbamos más que a pedir que nos regalen las porciones de pizza que deja la gente.

No era la primera vez que lo hacíamos. En realidad, pedir comida es algo que hacen todos los trabajadores pobres de la peatonal o de la feria. El caso es que, de tanto consumismo desaforado, los locales más grandes llegan a tirar la misma comida que venden. Claro, una vez que los turistas pagan por la comida, ésta pasa a no valer nada.

Pizza libre es el típico lugar de esos que pagás un monto fijo y comés lo que querés: gigante, con cerca de cien mesas, decenas de meseros, y una cocina que debía cuadruplicar el tamaño de la de Crazy. Cuando llegamos, la última mesa de afuera se estaba desocupando. Ya no había nadie. Todas las mesas de adentro del local estaban vacías. Todos los jóvenes empleados estaban fumando y charlando en la vereda, tomándose un descanso antes de comenzar a limpiar.

Ahí estábamos, frente al local, mirándonos a la cara. ¿Quién de los tres entraría a pedir pizza? Miré adentro y no había nadie, como dije, estaban todos los meseros afuera charlando.

No sé como fue la cuestión, qué nos pasó por la cabeza, quién de nosotros dijo qué cosa... cuando me quise dar cuenta ya estábamos lo más cómodos sentados en una de las mesas de afuera.

Imaginé que en algún momento alguno de los empleados que estaban fumando a unos metros de nosotros nos iba a decir algo, que no podíamos ocupar un mesa o que antes había que pasar por caja a abonar el precio correspondiente a un adulto. Nada. Seguían en la suya.

La mesa en la que nos sentamos fue la última de la vereda que se había desocupado. Ahora caigo en que quizás los empleados no se dieron cuenta de que las otras personas se habían ido y que, sin planearlo siquiera, unos desconocidos estaban ahora en el lugar que habían dejado. Fue un plan demasiado perfecto para que saliera de la cabeza de alguno de nosotros tres.

En el medio de la mesa había un plato que tenía justo tres porciones de pizza enteras y algunas mordidas. ¡Qué bien! esto sí que es pizza libre, ¿eh? Dijo Gonza con satisfacción, mientras alargaba su mano hacia el plato y agarraba la de provenzal. Diego y yo, algo más precavidos, mirábamos todavía a los costados y hacia el interior del local. Ya fue, alta lija tengo, manifestó Die mientras agarraba una calabresa. No dudé más y agarré la de roque... estaban buenísimas.

Cuando nos terminamos el plato, miro para atrás y veo que la mesa de al lado tenía otro plato lleno de porciones de pizza. Me levanto y lo apoyo en la nuestra.

La noche estaba espléndida y comimos como reyes. Sin duda, las cosas más hermosas de la vida no tienen precio.

Vergüenza de verdad
Dieron la una y cuarto. En la mesa apenas dejamos los platos y algunas servilletas sucias. Les puedo asegurar que los bordesitos de la pizza son más ricos cuando son gratis.

Gonza, de ojo más fino, vio que en la mesa de al lado había un billete de diez pesos debajo de un vaso. Tuvo una excelente idea: dejaría el billete en nuestra mesa. Lo dejamos acá y van a pensar que es nuestra propina, explicó Gonza. Die y yo estuvimos de acuerdo. Sería una forma de agradecer a los mozos por no haberse puesto la gorra.

Pero yo quise hacerlo más divertido. A ver, Gonza, vos que sos el más fachero de los tres por lejos... ¿a que no te animás a dejarle la propina a la moza del moño en la cabeza, que nos miraba cuando nos sentamos?

¡Qué molesto que sos, eh! dejalo tranquilo al pibe, intervino con justicia Diego. Daaale... si él quiere, se le nota en la sorisa, insistía yo con perversidad.

Gonzalo evaluó las posibilidades, ella no se iba a acercar, por lo que debería levantarse y dejarle el billete en la mano. Estaba claro que le molestaba más el desafío que yo le había propuesto que el deseo de dirigirse a la chica del moño.

Ella se había acercado a la entrada del local. Ahí sale, es ahora o nunca, Gonza, le señalé mientras nos levantábamos y lo acompañábamos un poco de lejos para no molestar la escena.

Gonza miró un segundo para la entrada y siguió de largo.

Ya en la calle lo miramos con indulgencia. Era darle la propina y quedar como un pajero, o llevársela y quedar como un ladrón, observó Die con inteligencia.

Pero lo perdonábamos. Vergüenza no es robar, vergüenza, lo que se dice vergüenza, es hablarle a una chica linda.

domingo, 23 de octubre de 2016

Vestigios de historia


El último dragón fue, en verdad, el último dinosaurio. Su historia, oprimida por la espada caballeresca, constituye un espejo en negativo de la nuestra: nos enseña lo que no fuimos pero, a la vez, lo que en algún momento necesariamente hemos de ser. Otra raza que, en un día olvidado de antemano, será la vencida y la olvidada. Será el momento en que seres más aptos que nosotros exhibirán en suntuosas salas la civilización humana extinta. Dirán que nuestro intelecto no merecía sobrevivir, que nos protegían exoesqueletos de hierro, que fuimos víctimas de una gran explosión en el golfo del caribe y nuestra vida, nuestro arte, nuestros sueños, estarán representados por huesos grises acumulados en largas galerías repletas de rigor científico. Tampoco les crean a ellos. El único ejercicio valedero para con la lectura de todo testimonio, de todo artefacto de museo, es la desconfianza. El que sobrevive, el que vence, el que asesina, el que deja vestigios de historia, es ineludiblemente tergiversador de un relato que termina justificando un proceder lleno de ignominia. Relato que, a fines prácticos, conviene denominar como verdad. 

jueves, 6 de octubre de 2016

Crónicas de un verano bizarro. Episodio VII (II)


La justificación imprescindible
Mi primer verano en Santa fue a los dieciocho años. Causa o consecuencia de mi andar encorvado, mis anteojos torcidos y mi baraba mal cortada, era mi total y franca antipatía hacia casi todos los seres humanos. 

Pasé dos veranos más en la costa, siempre trabajando mucho en distinos empleos. Durante aquellos largos meses jamás había salido a ningún boliche, no se me pasó por la cabeza trasnochar en la playa al lado de un fernet, juro que no conozco esos fogones adolescentes de los que todos hablan, nunca canté las canciones que sabían todos, nunca vi el amanecer en la playa con nadie que no fuera Andrey, nunca mandé mensajes a alguien que me gustara, no abracé con pasión a nadie, ninguna chica me sostuvo una mirada de amor. 

Era un ser profundamente infeliz. 

Puedo afirmar, depués de haber conocido otras personas como yo, que la gente más amarga tiene las fantasías más cursis. No pasaba día en que no soñara con el momento en que una chica llegara a la heladería y me invitara a tomar algo en la playa. Imaginaba caminar de la mano por la arena mojada durante el amanecer, contándole mi vida, escuchando la de ella. Era obvio que detrás de ese sueño siempre inalcanzable había un océano de miedos que lo imposibilitaban, con tantas inseguridades como granitos de arena y, por sobre todo, cantidad mayorista de frustración.

Podría hablarles mucho de esto, podría explicarles durante cientos de párrafos redundantes qué clase de amor patético, romántico e idealista sostenía en mi vida y me convertía en el ser antisocial e incogible que era (y que en parte sigo siendo). Pero no voy a aburrirlos con eso, pueden visitar aquellas malezas empalagosas que habitan en este blog (como esta, esta o esta otra), para entender mejor de lo que les estoy hablando. 

Solamente quería confesarles una sola cosa. Necesito declarar algo en mi defensa, si acaso se me permite. Si acaso es posible y sirve de algo. 
Esto es: nunca jamás durante todos mis veranos pasados en la costa, en la plenitud de la juventud, besé a nadie. Nunca. 

Ni siquiera el hocico de un perro. 
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El fin
Pasaron casi tres años de mi último verano en Santa Teresita y yo ya no soy la misma persona. Pasé de ser un antipático de tiempo completo a media jornada con descanso para almorzar.

Tanto es así que, como habrán leído en la primer parte de este episodio, le di un papel con mi número a una chica como quien reparte volantes en la vía pública. 

Por fin, después de tanto tiempo y sin buscarlo siquiera, las cosas pintan de otro color. 


A pesar de la idea de que aquel mensaje pertenecía a una loca de mierda, lo contesté con confianza. Tanta, que le propuse una charla amistosa en la playa con mates de por medio. Me apuré, pero no tenía crédito para hacerla demasiado larga. Nunca respondió

Pasados algunos días me llega un mensaje de ella preguntando por mi facebook. Malísimo. No tenía forma de acceder a las redes sociales con un poco de frecuencia. Podría pagar algún ciber cada tanto, no más que eso.

Le cargo cincuenta pesos al celular. Le paso mi cuenta de facebook sin esperanzas de hablarle por esa vía, e intercambiamos un par de mensajes más. Esta vez juego a nada. La seguridad de que ella sabe dónde ubicarme me tranquiliza. Si quiere verme puede pasar por la feria de las ocho hasta las doce. Fue.

Miércoles tres de febrero. Pasaron más de quince días de aquel último mensaje. El escenario era otro, había dejado el trabajo en Crazy y mi amigo Diego había llegado de Buenos Aires, cosas de las que voy a hablar después. Es un día tranquilo. Estoy atendiendo el puesto en la feria mientras charlo con Diego. 

Me encanta creer en la idea de que las cosas pasan en el preciso instante en que uno menos las espera. Fue en el momento en que estaba mirando para cualquier lado, abstraído, cuando escucho una voz desconocida pronunciar mi nombre.

Hola Lean, ¿te acordás de mí? 

Giro la cabeza. Ella me sonreía. A la mierda. Qué huevos. 

La elocuencia no es una virtud que tenga en absoluto. Creo que si escribo es precisamente porque me cuesta mucho hablar. Por eso la miro y se me anudan las palabras en la garganta.

Hola, che. (!¿che?!) Si me acuerdo, ¿cómo estás?

Siento vértigo. La sensación de cuando estás en la montaña rusa esperando que aquello inevitablemente comience a moverse.

Le digo a Diego que se quede en el puesto. Salgo a la calle y empezamos la conversación. 

Paso de un momento a otro a no entender nada. Se mencionan nombres, lugares, vínculos familiares, números, puestos de trabajo, días, series de televisión, bandas de música, relleno y más relleno que no sigue ninguna línea de coherencia. Todo para olvidar que estamos entre tanta gente que camina en mundos paralelos, gustándonos en el nuestro.

Alguien, yo o ella, propone bajar a la playa. 

El tiempo se vuelve indeterminado. Juro que no sé si estuvimos cinco minutos o dos horas charlando mientras caminábamos por la arena. Entre cada frase nos mirábamos a los ojos. En algún momento de la conversación, mientras mis pensamientos seguían otro hilo, tomé una decisión: intentaría besarla. 


Era ese momento o nunca. Era la primera vez que estaba en una situación parecida a lo que siempre había imaginado, mi primer beso en la playa. Pensé que las oportunidades que rápido se presentan, rápido se desvanecen, y que probablemente no la volvería a ver nunca más. 

Entendí que lo que pasaba por mi cabeza respondía a un frío capricho. No a un impulso genuino. Además, sería un acto cobarde. La valentía reside en el arrojo de comenzar una relación, de elegir, entre el común de las personas, aquella que te gusta. Y acercarte. Buscarla. El mérito, entonces, era de ella. Para nada mío, que intentaría adornar aquel hermoso encuentro con la obviedad prescindible de un beso. Y más cobarde aún: sería un beso de despedida.  

Me dice que tiene que irse. Subimos a la costanera. Cuando todavía estábamos descalzos, pisando la arena, le digo chau con un beso en la boca. 

Era la noche del tres de febrero del dos mil dieciséis y yo, con veintitrés años le como la boca a una de quince. 

Sí. Ella tenía quince años. 

Yo lo sabía. Lo había dicho claramente al rato de empezar la conversación. Por más nervioso que estuviera, por más increíble que sonara, yo era consciente de su edad y decidí besarla igual. Que quede claro el agravante de la premeditación.

Eso es todo.

Podría añadir con fría y sincera objetividad que fue un beso tierno. Apoyamos nuestros labios durante cinco segundos. Mi mano derecha posada en su mejilla. Que la última mirada que nos dirigimos el uno al otro fue de verdadero amor. Pero suena a excusa, daría igual si le hubiera tocado el culo. Matar con arma blanca es igual de cobarde, igual de injurioso, que hacerlo con una de fuego. 

Esto es lo que quería. Este es mi capricho. Un beso pisando arena de playa. 

El fetiche de un acto adolescente jamás realizado. Pero un detalle se me escapó. Por una necesidad que no había sospechado, un acto adolescente conllevaría personajes adolescentes.

Inmóvil, disfruto aquel beso producto de años de amarga expectativa. Nos despedimos. Toco mis labios levemente ensalivados y vuelvo a la feria con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida mi tarea impuesta de apasionado, ahora era nadie. Mejor dicho era Martín Fierro: era un hombre perdido sobre la tierra y había cometido un crimen imperdonable. 
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Epílogo
Es obvio que en todas mis crónicas exagero. En mi caso, no creo que besar una menor de edad sea comparable a matar a alguien. Pero tampoco puedo minimizarlo, creo que esto no da para la joda. 

Lo peor que podría hacer con este episodio sería tomármelo a chiste. Caer en la anécdota fácil, en la soberbia sexista. 

Que quede claro que una pendeja de quince años tuvo ovarios más grandes que mis huevos. Que quede claro que yo cometí un error. Que quede claro que esto no me enorgullece ni me causa risa, todo lo contrario.

Recuerdo una frase de Theodor Adorno que, analizando el humor en la cultura de masas, sostenía que reír es estar de acuerdo. Reírme de esto implicaría estar de acuerdo con un sistema patriarcal que secuestra adolescentes de clase baja para redes de prostitución en connivencia con las fuerzas policiales y judiciales. Y no callarlo es, en parte, luchar contra ello. Reírse de un chiste machista, de un abuso o de un acoso es estar de acuerdo con una sociedad que avala la violencia explícita hacia mujeres, es estar de acuerdo con un sistema que le da vuelta la cara al comercio del sexo, los asesinatos de mujeres por parte de hombres resentidos y las miles de muertes de adolescentes pobres por abortos clandestinos. Pueden acusarme de cualquier cosa, menos de ser indiferente a esto.

Aquellos que aún no se pusieron a pensar en estas cuestiones, podrían preguntarse ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?

Les respondería que mucho.

El mal puede relativizarse cuando se cometen maldades personales, con nombre y apellido, como es mi caso. No aplica, nunca jamás y de ninguna manera, a políticas de estado que silencian abusos, secuestros y asesinatos con apoyo de todos aquellos que también callan esas atrocidades. 

Podemos relativizar las equivocaciones de Martín Fierro, si existen motivos injustos que impulsan su proceder. Pero no podemos ni debemos bajo ningún concepto, silenciar el genocidio de miles de personas nativas que, por la época del gaucho, cometió un ejército que respondía a los intereses de un estado oligárquico. 

Pueden relativizar mi inmoralidad. Es probable que sea eso lo que yo desee aunque el veredicto final lo tendrán ustedes. Sin embargo, no pueden ni deben, bajo ningún concepto, relativizar los abusos y la violencia que el sistema comete todos los días contra las mujeres. 

Reír es estar de acuerdo con el sistema; informarse, denunciar y reflexionar sobre esto es combatir y ayudar a que algún día las cosas sean de otra manera. 

viernes, 23 de septiembre de 2016

Crónicas de un verano bizarro. Episodio VII (I)


Prólogo
Puta, al fin el episodio que no quiero escribir. Que no sé cómo escribir.

Después de pensarlo bastante, de dudar, de entender que esto me haría quedar mal lo cuente como lo cuente, pasé a resignarme frente a la certeza de que nunca en la vida podemos caer bien parados. Nunca, aunque nos esforcemos, podemos excusarnos de todas nuestras equivocaciones.

¿Cómo escribir esto que necesariamente me hará quedar mal? 

Pensando en algunas buenas historias, entendí que si explico con precisión las circunstancias puedo justificar casi cualquier cosa. 

Recordé, por ejemplo, la novela "Crimen y Castigo" donde se cuenta la historia de un joven llamado Raskólnikov quien, por considerarlo un bien para la sociedad, asesina a una vieja usurera bastante garca. Un joven estudiante que nunca antes había hecho nada inmoral ni cometido ningún crimen, decide matar a una persona. Ni hablar de que le parte la cabeza a la mitad con un hacha, que le saca las joyas que tenía en un cofre para esconderlas en otro lugar y que mata también a la criada por haber visto todo. 

Claro, Raskólnikov se fue al chori. La zarpó para el carajo.  No obstante, el narrador hace un gran esfuerzo de más de quinientas páginas para que, sin que nos demos cuenta, empecemos a compadecernos de la situación del querido Rodia. La genialidad de Dostoievski impide que cualquier lector condene demasiado a este joven ruso, alter ego de sí mismo, hostigado por una sociedad enferma donde las injusticias eran cotidianas y naturalizadas por el régimen zarista. 

También vino a mi cabeza el caso bien conocido de Martín Fierro. Aquel poema cumbre de la poesía gauchesca, que no es más que un largo monólogo de un gaucho borracho, racista, misógino y asesino. Pero a Fierro lo miramos con simpatía porque él mismo se encarga precisamente de ponerse como el ejemplo más acabado de una  vida arruinada por la violencia militar y estatal. Injustificadamente, le quitaron la esposa, quemaron su rancho, perdieron a sus hijos, le quitaron sus tierras, ¿qué corazón insensible será capaz de condenar su devenir en bandido y asesino con la rigidez implacable de la ley? Creo que pocos.

De todos modos es un tema que da para el debate. Dudo que Raskólnikov o Martín Fierro hubieran sido mis amigos. Mis amigos no encuentran la justificación ni para matar cucarachas.

Pero la cuestión es que entendí que, si tenía que contar este episodio, tenía que ser precisamente de esa manera, dando un largo circunloquio detallando los motivos, las causas injustas que me impulsaron a cometer la infamia. 

¡Ah!, tengo que adelantar a costa de desilusionarlos, que no maté a nadie. 

Eso es lo que ustedes quisieran, morbosos.
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Un azul obsesivo
En la cronología de estas crónicas saltearé varios días, durante los cuales no sucedió nada aparte de trabajar, comer y dormir. Las últimas tres semanas de enero se pasaron a cuenta gotas. Fueron largas semanas de días monótonos y muy cansadores.

Como les conté antes, la mejor parte de aquellos días era cuando iba a la feria a atender el puesto de Mario y Leandro. El día declinaba, mates de por medio, debates filosóficos y porciones de pizza que llevaba de Crazy. 

Estoy en una de esas tardes tranquilas y relajadas conversando con los músicos antes de que se pongan a tocar. Imagino que serán eso de las nueve de la noche, cuando me encuentro detrás del puesto de artesanías, viendo con ojos distraídos la gente que pasa, abstraído por la música y las ganas de dormir. 

Siempre dudé de la posibilidad de pensar en nada, verdaderamente en nada, pero si la posibilidad existe, afirmaría que en el momento que pude entrever aquello entre el ir y venir de seres humanos, estaba, efectivamente, pensando en nada. 

Un par de ojos azules se detienen en los míos. Un azul que se detiene sin mucho más que su materialidad a ocupar el espacio de la nada que gobernaba mi cerebro.

El problema es que aquel par de ojos no se detienen un rato para seguir luego con su estela perfecta. No. Aquel par de ojos insiste. Estaban enmarcados por un mechón de pelo claro que caía de la oscuridad de una capucha que agregaba estilo a ese misterio seductor.

Le presté la atención que se merecía. Pero la insistencia de aquel azul obsesivo podía más, me costaba sostenerle la mirada. La situación era extraordinaria. Creo que nunca, en lo que va de mi vida, me miraron de esa forma. Casi como pidiéndome auxilio. Como buscando en mi mirada algo con ansiedad. Como implorándome un bien elemental, el nombre exacto de la calle, un vaso de agua o una rascada en la espalda.

En el momento impreciso que supe que ella me gustaba, caí en la cuenta de que tenía que reaccionar. Con esa certeza la desesperación pasó a ser mía.

¿Qué carajo hago?

Pensé inmediatamente en un recurso de mi amigo Martín, una persona que si se dedicara a escribir manuales de cómo resolver problemas de la vida en general en vez de estudiar historia y escribir sobre deporte, le solucionaría la vida a muchísima gente. Escribiría mi celular en un papel y se lo alcanzaría. Pensé que, además, sería algo divertido que rompería con la monotonía de aquellos días grises. 

Escribí lo más rápido que pude en el primer papelito que arranqué de algún lado y con una lapicera que le pedí a Leandro. La tuve que correr porque ya se estaba yendo. Llegué a balbucear un diculpame mientras le estiraba la mano e intentaba sonreírle. Ella aceptó el papel mientras me devolvía la sonrisa tranquilamente, sin acertar a decir nada. Imaginé que lo abrió mientras se alejaba.

1132733323 LEAN (SIN WPP)

Pasados unos diez minutos, lo juro, mi nokia infopobre suena. Un mensaje. Lo leo. 

"Hola Lean, soy la chica que te miraba obsesivamente en la feria jaja"

Me reí fuerte como si me hubieran contado un buen chiste. Pero el sentimiento era ambiguo.

Lo peor en las personas es cuando se muestran desesperadas por cosas que no son urgentes. Por eso, antes que un pensamiento vanidoso, engreído, o una sensación de victoria infinita, de satisfacción gloriosa por haber captado la atención de una rubia alta de ojos azules, de haber vencido el miedo de encarar una mina, otro pensamiento invadió mi cabeza cuando leí aquel mensaje. Una idea contraria a lo que el sentido común podría sugerir. 

Lo único que atiné a decirle a Leandro, testigo de aquella escena, fue: alta loca de mierda.
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(Continuará...)

domingo, 11 de septiembre de 2016

Magen



Cuando voy existiendo hago exactamente lo mismo que cuando escribo, observo detenidamente a quienes existen y escriben mejor que yo y copio lo que considero que hacen bien sin ningún escrúpulo. Lo que considero que hacen mal, por el contrario, lo descarto sin miramiento. 

Soy un punga barato de recursos y virtudes ajenas. 

De esta manera, me voy pertrechando de metáforas afanadas, de palabras de otros, de sonrisas imitadas por ahí, de poses que hago mías, y es así que voy escribiendo y exisitiendo a costa de inocentes víctimas que nunca se dan por aludidas. 

Luis Pisani fue la primer persona no amiga mía que apreció mis dibujos, por eso no dudé en hacerle uno cuando me lo pidió. La consigna era dibujar a Magen, un personaje antropomórfico genial, protagonista de un texto todavía más genial.  

A Luis casi no lo conozco, pero hemos compartido algunos espacios juntos, de él entendí una verdad: se puede ser un nerd recalcitrante y un copado en serio. Se puede ser profesor de literatura y decir "taradita" o "rescatate" sin perder aire de intelectual. 

Luis escribe, y sospecho que existe, mejor que yo. Por ende, Luis es una de mis víctimas.

El texto de Magen empieza así:

Despertador y Magen tiene dos problemas fundamentales: la sensación de que la noche anterior se mandó una cagada y el fantasma de su pieza que cada mañana le arranca su gorrito.
     –Dameló, puto.
El gorrito le cae encima, como si nunca hubiera pasado...

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